«Esta vez es personal.»

Eslogan de la película tiburón, la venganza

Siempre que haces lo que merece la pena.
Siempre que vives (y no sobrevives).
Siempre que importa.

Es personal.

Creo de manera firme que es imposible separar lo profesional de lo personal.

Por ese motivo, un aviso antes de que continúes.

La historia que leerás aquí no es políticamente correcta.

Tampoco me ensalza como profesional ni me presenta como gurú de nadie. 

Es tan solo un relato honesto y sin tapujos de las experiencias que me han llevado a ser lo que hoy soy.

Es tan solo mi historia.

1988-2019

Crecí escribiendo

Cuando apenas sabía leer, las palabras ya me acompañaban. 

En paredes, servilletas de papel o vinilos (para desgracia de mi madre, que siempre me recuerda tal nefasto evento). 

Pronto aquellas letras pintarrajeadas se volvieron más ambiciosas. Con 7 y 8 años, escribía para contar mi día a día con un sarcasmo digno del humor inglés, narrar historias autobiográficas con una pizca de crítica (sobre mi amor por los gatos y la incomprensión de algunos adultos) o imaginar mundos fantásticos (que más bien eran distopías del mundo que conocía). 

Y no me limitaba a escribir: después ilustraba, maquetaba y encuadernaba mis historias (chúpate esa Amazon, eso es autopublicación y lo demás son tonterías). 

Confieso que a veces envidio a mi yo infantil. Libertad creativa, despreocupación… El paraíso del creador. Ese estado por el que hay que luchar por desgracia con uñas y dientes en el mundo «adulto».

Palabras para
vencer al bullying

Fui una de tantos niños «culpables» de ser diferentes, destinados por nuestro sistema a sufrir acoso.

En los recreos, los demás jugaban… y yo escribía en mi libreta. Desde mi rincón «zen», apartada del mundo.

También devoraba libros de Shakespeare, Agatha Christie, Anne Rice, J.D. Salinger… y mi favorito: Edgar Allan Poe. Cuando iba a por alguno de esos títulos, en la biblioteca me miraban raro (no debían ser lecturas típicas de una chica de diecipico años).

Aún recuerdo lo que sentía cada vez que entraba en aquel universo literario: tantas aventuras por descubrir…

Poco tiempo después me tomé (un poco) más en serio las que yo misma había escrito. Lo que pasaría después no me lo esperaba.

Escribe, pero no vivas de escribir

Las palabras seguían en mi vida.

Desde el periódico del instituto (que me entusiasmaba) hasta mis relatos cortos de adolescencia. Intriga, emociones, transformaciones vitales evocadas con imágenes verbales.

Un día decidí que no serían solo para mí: Me presenté sin demasiadas expectativas al concurso literario anual que el propio instituto organizaba.

En la vida había imaginado todo lo que ocurrió después: gané un primer premio, otro y otro… hasta llegar a recibir un galardón a nivel regional de manos de Espido Freire. Aún recuerdo los nervios y la incredulidad que sentí al saber la noticia, cuando me llamaron en plena clase de Música para ir a recogerlo.

Estaba claro: los demás valoraban más mi habilidad con las letras que yo misma. Todos hablaban de ello.

Después me convertí en la chica que sacaba buenas notas, pero podía esforzarse más. Que se saltaba las clases, pero disfrutaba de verdad cursando el Bachiller de Humanidades (con aquellas lenguas «muertas», una asignatura de Historia del Arte a la que casi nadie asistía y las miraditas sobre el hombro de los que sí estudiaban algo serio).

En aquel panorama, el idilio con las palabras no podía durar: escribir era a lo sumo un hobby, pero no una profesión (o eso decían).

Realidad versus vocación

La realidad marcaba el camino: las Humanidades «no tenían salida» y yo quería trabajar.

Siempre busqué la autonomía… así que me metí a currar «de cualquier cosa», abandonando el camino educativo. Necesitaba experiencia.

Y vaya que la conseguí: trabajé delante y detrás del mostrador en establecimientos de comida rápida, de secretaria, tocando puertas para vender suscripciones literarias o abordando a personas tras un estand en un centro comercial para que se cambiaran de banco.

Todos aquellos puestos tenían algo en común: la comunicación, las ventas, el trato con las personas. Era evidente que aquello se me daba bien, convencía a clientes y empresas por igual.

Pero sentía un vacío. Palabras, arte… los echaba de menos.

La vida hizo que volviera a ellos… por las malas. Escribí para recomponerme y decidí estudiar Historia del Arte tras sufrir el abandono y las rupturas, tras tocar fondo y jugar con la muerte, tras luchar durante casi 2 años con la depresión, tras acabar atiborrada de medicamentos con apenas 20 años.

También volví al trabajo, esta vez de responsable de una tienda de ropa de «talla grande» (aunque en mi contrato ponía ayudante de dependiente).

Hablar con los clientes de tú a tú sin presiones, asesorarles, abrirme para que se abrieran… lo disfruté. Las compañeras eran otro de los mejores ingredientes de esa etapa.

Un equilibrio (casi) perfecto entre realidad y pasión que no duró demasiado. La tienda cerró y yo encontré un trabajo mejor pagado en el que además recompensaban como era debido mi esfuerzo.

Aquello parecía un paso adelante, pero pronto lo fue hacia atrás. El nuevo empleo exigía todas mis energías… no dejaba espacio para el arte.

Abandoné la carrera y me convertí en una superventas. A pesar de esto, mis resultados no evitaron que la situación empezara a volverse delicada.

Acoso laboral, condiciones imposibles, gritos y lágrimas. El único refugio: algunos compañeros y clientes que ponían una sonrisa en mi cara. Algo que apenas se veía en mi rostro, que a diario estaba marcado por el agotamiento físico y emocional.

A veces, una retirada a tiempo es una victoria

Ante mi tozudez de continuar en una escalada insostenible, mi cuerpo y mi mente dijeron basta.

Tensión desequilibrada, afonía, mareos, estrés… un día exploté y fui directa al médico. Diagnóstico: Trastorno adaptativo mixto ansioso depresivo.

Me daba igual el nombre: solo sabía que apenas podía pronunciar una frase del tirón y quería escapar de todo.

Después de una larga baja, un despido y una época a oscuras, casi había decidido tirar la toalla y dedicarme a cualquier trabajo… en el que no tuviera que exponerme ni tratar con personas.

Pero, al final, en vez de esconderme, retorné por enésima vez a las palabras.

Recuperé todos los relatos cortos que había escrito en la adolescencia poniéndolos al día y creé un recopilatorio. Empecé mi primera novela: Pluto (una distopía que narraba historias humanas en un futuro postapocalíptico). Y entré a formar parte de Quiasmo, una iniciativa de la plataforma Medium para incentivar la creación literaria.

Con todo, el futuro era turbio y seguía sintiendo que las piezas no terminaban de cuadrar.

La solución, delante de mis narices

Fue entonces cuando conocí a Omar de la Fuente, de haciaelautoempleo.com, y Roger, de redactorfreelance.com. Me costó creer lo que veía. ¿Trabajar online? ¿Vivir de escribir?

Sin buscarlo, había encontrado la pieza que faltaba.

En diciembre de 2016 conseguí mi primer cliente como redactora freelance, sin experiencia específica y con 0 contactos, 24 horas después de publicar mi perfil en un sitio web de búsqueda de empleo. La aventura comenzaba.

Un año después había invertido más de 1200 euros en formarme en el ámbito digital con Omar de la Fuente, Franck Scipion y Javi Pastor. Había pasado horas y horas leyendo libros y consumiendo material para mejorar cada día.

Era ya una copywriter hecha y derecha.

Viajes, eventos, networking… personas y experiencias. Encargos ambiciosos, facturación en aumento.

Todo parecía ir viento en popa.

Una bofetada antes de despertar

En realidad, la situación se me estaba yendo de las manos.

Tirar precios, aceptar más trabajo del que podía sostener y dejar a un lado mi propio proyecto para centrarme solo en encargos que no llenaban mi ser. 

Esos habían sido mis «pecados» y los pagué reventando de nuevo. Dejando mi salud para el arrastre y quedando fuera de juego durante varios meses.

El tiempo necesario para darme cuenta de que ya era hora de llevar a cabo lo que de veras quería.

Aunque diera miedo. Aunque fuera incierto. Aunque supusiera arriesgar demasiado.

El resto, como suele decirse, es historia.

Hora de unir
por fin todos
los puntos:
estrategia,
creatividad
y palabras

Ha sido un largo (y duro) camino.

Si has llegado hasta aquí, gracias por dedicar tu tiempo a sumergirte en mi historia, en mi vida.

Llegó el momento de dar forma a todas estas vivencias… y pasar a la acción.

Como decía el amigo Steve Jobs en su famoso discurso: «No puedes conectar los puntos hacia delante, solo puedes hacerlo hacia atrás». En el futuro.

Esos puntos en mi vida han sido la estrategia, la creatividad y las palabras.

La estrategia de mi experiencia laboral por cuenta ajena como comercial y por cuenta propia como copywriter.

La creatividad que es parte esencial de mí y de personas como tú, a las que ofrezco mis conocimientos y experiencia… para generar más creatividad sin presiones ni fin.

Las palabras, compañeras de los momentos más felices y más oscuros de mis días. Mi forma de sentir y expresarme.

Hoy el futuro en el que se conectan ya está aquí.

Mi historia. Nuestra revolución.
Un camino por recorrer juntos.

Nadie dijo que fuera fácil, pero hemos venido a jugar.

Hola creador/a. Aquí Débora (la de carne y hueso). ¿Qué necesitas? Dispara: te responderé en 24 horas hábiles. ¡Gracias por tu interés!
Powered by